viernes, 12 de mayo de 2017

VALONSADERO (Soria)

Día 6 de Mayo de 2017
El Moncayo y su boina.
        En la anterior entrada comentaba que hoy nos íbamos, como cantaba Gabinete Galigari, "camino de Soria". 
           Nos hemos apuntado con los amigos del Nordic Walking CAI, practicantes de un deporte de lo más sano en su ejecución, pero que no ha calado en mí (todavía).               Pero como vamos con buena gente y, además, son de buen yantar seguro que vamos a pasar una buena jornada.
      De nuevo, el tiempo nos acompaña, el cielo se encuentra totalmente despejado, corrijo: tan solo se observa la boina que, como de costumbre, luce el querido Monte Cano (Moncayo).
Monte Valonsadero.
           En el camino a tierras de Castilla se palpa el cariño de los que dejaron aquellas tierras y se vinieron con los aragoneses: uno a uno van describiendo cada pueblo, rincón, río, monte... de su amada Soria.
       Casi en la capital nos detenemos a desayunar, los que acostumbramos a tomar café con leche, cambiamos de menú y nos metemos en el cuerpo uno de sus afamados torreznos (¿barritas energéticas?).
              El autobús nos lleva por las afueras de Soria, vamos en dirección del Monte Valonsadero que, a tan solo ocho kilómetros, es un lugar muy popular entre las gentes sorianas.
               Antes de iniciar el recorrido nos vestimos de "nordicwalkingstas", o como se denomine a los practicantes del asunto, o sea que nos damos crema para que "Lorenzo" (sol) no haga una de las suyas.
Cargando energía.
          Ante la presencia de algunos (pocos) grandes robles, comenzamos camino de los Abrigos de Valonsadero, que albergan una importante muestra de arte rupestre. No recorreremos todos pero sí algunos como El Puntal, La Lastra, Visera, Majuelo, Peñascales y el que me parece más importante por la cantidad y calidad de sus pinturas: El Mirador. El nombre le viene debido a que desde su posición se dominan las cañadas Honda y del Nido del Cuervo. En este abrigo veremos figuras humanas y animales, soliformes, zig-zags, ramiformes, ídolos, representación esquemática de cabañas o trampas, etcétera. El Mirador es una de las principales joyas del arte esquemático de la Península Ibérica.
Detalle del abrigo del Mirador.
Los Peñascales III
El Riscal.
        No obstante en el pase de diapositivas (que dejo aquí), aparecen algunos de los abrigos que hemos visitado, con la nominación de cada uno de ellos.
         Pero esto solo es el paseo pues, tras admirar un ganado de reses bravas, continuamos caminando en dirección a Pedrajas, pero antes de llegar giramos bruscamente hacia el N.E. para auparnos sobre las rocas del Riscal, lugar propicio para echar un vistazo hacia un Norte dominado por las sierras de Urbión y Cebollera. Unos disparamos las cámaras, otros, "los d´aquí", nos ilustran nombrando cada uno de los picos de las alturas castellanas (con permiso del Moncayo):
             - la más alta es el pico Cebollera
             - tienes razón, ¿y la del otro lado?
             - ¡no la ves!, la del telégrafo
             - ¡ah! y esa ¿no será Cuesta Bellida?
             - ¡pos sí!
             - a la izquierda se ve algo del Urbión
             - ¡cagüen!, hay algunas nubes y no se ve toda la sierra
Sierra de la Cebollera.
Muérdago.
         "Ya pueden pasar mil años, que tienen la culera más apegada a su tierra que el culo de un ministro a su sillón".
         Hay que seguir, los amigos Fernando y Enrique que, previamente, estuvieron reconociendo el recorrido, nos conducen hacia el Raso de la Vega de Baturio, un lugar casi llano, digo casi porque parece querer caer hacia el Duero, ese cantado río que, por el momento, dejamos descansar.
        La senda, recién señalizada como PR, nos lleva por las proximidades del arroyo de Valsequillo y doy fe de que el entorno hace honor a su nombre. Pero no hay arroyo que, en algún momento, no lleve agua y en la ribera crecen algunos chopos a los que se agarran y parasitan montones de muérdagos.
Río Pedrajas.
      Arroyos, barrancos, ríos..., pero el agua no la vemos hasta el cruce del Paso de Carretas, un badén sobre el río Pedrajas que en pocos metros se abrazará al Duero. 
      Este es un buen lugar para realizar un descanso, no es que estemos cansados pero toca darle un bocado al canario plátano y al chocolate jaulinero.
       Ahora se trata de remontar las escasa aguas del Pedrajas, quizás el tramo menos seco de la caminata pero, aún así, me resulta triste ver este cauce casi seco, con árboles sin sombra agonizando en sus orillas, como si lloraran por la ausencia del río que solo se deja ver esporádicamente. Son los caprichos del clima de un planeta que poco a poco, como el río, va agonizando.
Puente del Canto
          Y sobre el Pedrajas un puente sobre un cauce seco: el Puente del Canto. Unos dicen que es de la época romana, pero los estudios concluyen en que lo más probable es que su construcción fuera entre los siglos XVI y XVII.
          Los siguientes pasos los echamos por verdes praderas en la Vega de Cubillo y Valdecaballos en los que vacas y caballos comparten territorio con algunas cigüeñas. Sobre una roca se encarama un cuervo, que alguien confunde con un águila, observa el paso de este grupo que ya adivina el final de la etapa, pues poco más adelante ya se ven vehículos y la Casa del Guarda, convertida en centro de entretenimiento y restauración.
Valdecaballos.
Área de la casa del Guarda.
                 El autobús nos espera, no para marchar sino para que nos aseemos en lo posible para pasar a comer al garito, no sin antes darnos el gustazo de meternos una buena dosis de caldo de cebada.
             Ni que decir tiene que nos hemos comido todo, somos gente agradecida, no es que hayamos gastado mucho pero no ha estado mal la caminata. Ahora para hacer la digestión nos iremos a visitar ese río, el Duero, a su paso por ese lugar al que D. Antonio Machado tanto amó.
Recorrido: 14 Km.
Desnivel: 205 m.
           Como decía, nos acercamos a Soria en la que damos un paseo por la orilla del Duero hasta la ermita de San Saturio levantada sobre una gruta eremítica visigoda llamada cueva de Peñalba, situada a orillas del Duero. Acoge en su interior unas impresionantes pinturas al fresco que narran la vida de San Saturio, hijo de una noble familia del siglo V y que fue canonizado por entregar todos sus bienes a los más necesitados y retirarse luego a una vida de anacoreta. También acoge los restos y el sepulcro del santo soriano, que además es el patrón de la ciudad.
           El conjunto está formado por unas grutas naturales sobre las que se construyó un edificio dedicado a uso religioso. A la ermita se accede (habríamos accedido de estar abierta) por la cueva situada a sus pies, origen de la tradición santera. En un primer término, se encuentra la sala de reuniones del llamado Cabildo de los Heros, una especie de Tribunal de las Aguas para el secano donde celebraban sus juntas la hermandad de labradores. La sala posee una delicada bancada de piedra y una efigie del santo colocada en el lugar de honor. 
               Pero los ojos se nos van hacia el Duero, el río que, inevitablemente, te traslada a aquellos momentos en que Antonio  lloraba la muerte de su amada Leonor:
Una noche de verano
estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa
la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho
ni siquiera me miró,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

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